"Queremos que nos vean". La respuesta de un oficial que caminaba por el centro horas antes de la llegada de los Reyes Mágicos bien podría haber sido sacada de un libro de surrealismo. Es que, durante dos semanas, los uniformes inundaron el microcentro dentro del plan de seguridad "Felices Fiestas". La pregunta era simple: ¿qué hacen todos juntos por el centro?
José Alperovich acaba de comenzar el décimo año de su gestión y piloteó con distinta suerte problemas de toda índole. Y a casi todos supo encontrarle solución. Maneja la provincia a su antojo. Nadie le dice que no. La oposición hace agua por todos lados y, hasta en temas que rozan con lo impúdico, como el incremento de dinero para ayudas sociales, se encolumnan bajo el lema "el silencio es salud". En la provincia de José se construye (un hotel) y se destroza (un parque) nada más que porque él quiere. En SU provincia se edifica (otro hotel) y se destruye (ese mismo hotel) nada más que porque, en el medio, él cambio de opinión sobre lo que pasaba en Tafí del Valle. Levanta el pulgar, o lo baja. Dio el afirmativo para que Eduardo Romero Lascano, el primo de su ministro de Gobierno Edmundo Jiménez, sea camarista penal. Y luego se lo bajó tras el fallo a raíz del cual fueron absueltos todos los acusados del caso Marita Verón. O se lo levantó a casi todos los que llegaron a la terna del CAM, y se lo bajó al único de los postulantes que había perpetrado la osadía de investigarlo, el secretario judicial Carlos López, a pesar de haberse impuesto en varios concursos. En la provincia que él comanda, permite que Susana Trimarco le tome el pulso a la inseguridad y decapite a un ministro. En su propio ámbito, admite que un legislador de su propia bancada (Gerónimo Vargas Aignasse), juegue a ser el ministro paralelo, y reparta botones antipánico adelantándose a la campaña eleccionaria y poniéndole los pelos de punta a quienes él mismo eligió para proteger a los tucumanos. En su territorio, la autonomía de los legisladores, intendentes, concejales y delegados comunales no existe. Todo se hace según lo dice José. Alperovich es amo y señor de la comarca. Pero...
Alperovich tiene un enemigo al que no puede vencer. Es poderoso, como él. Y él, al que le gusta tener todo en un puño, no pudo o no supo a lo largo de esta década hacerle frente. Y lo peor es que no puede ni empatar. Esta guerra la perdió hace rato. Raro esto en un tiempo en el que, mayoritariamente, tuvo el grifo abierto desde la Nación con dinero contante y sonante que sirvió, sobre todo, para dotar a la Policía de todo el equipamiento que necesitaba, tal vez como nunca antes en su historia. Si antes la Policía se quejaba de que no tenía móviles, equipos de comunicación, vales para nafta, armas y bagaje tecnológico, ya no puede hacerlo. Pero, a pesar de esto, la delincuencia sigue reinando en la provincia. Entonces el problema es otro. El problema, evidentemente, son los hombres. Que, peor que él, no saben, o no quieren. Hombres que salen todos juntos, en manada, "para que los vean", pero a la hora en la que realmente se los necesita, no aparecen por ningún lado. Y si no, que lo desmientan quienes, a diario, sufren arrebatos, robos a asaltos, en la calle, comercios o casas. En las fiscalías de Feria, en una semana, ya se denunciaron más de 150 atracos, en sus distintas modalidades. Más de 20 por día. Y 2013 recién comienza.
Hoy todo se sabe. Sólo hay que conectarse a internet. A un clic, las personas, los ciudadanos comunes a los que él le gusta abrazar cuando sale de recorrida, gritan que así ya no se puede vivir. Sacan fotos de los arrebatos y las suben a la red. Relatan episodios violentos, hacen mapas del delito y claman por una respuesta oficial. Se quejan de lo que les pasa a diario. Y Él repite su eterno latiguillo: "Estamos trabajando fuerte". Pero en Tucumán, los delincuentes hacen pesas todos los días.